Chascarrillos veterinarios·Una historia de amor·Viaja con tu bíped@

Road trip II

De camino a casa, y dado que amanezco animada, llegamos hasta los pies del Nevado del Ruiz, no sin antes ser víctima de una agresiva requisa de la policía antidroga, presumo que ante las sospechas que despierta un joven con gorra del revés y gafas de sol manejando tremendo carro. O quizás es que les llegó un soplo de que llevábamos pastillas de desparasitante canino importadas de EEUU, antidiarréico, jarabe, y gotas para fortalecer el sistema inmunitario que le pasó mi veterinario antes de salir…

Sacan a Jessica del cubículo y, mientras le interrogan, uno de los policías le hace unas caricias tan contundentes con las manos en alto, sobre todo por la parte de la cola, que me dan ganas de ponerme a su ladito para que me las haga a mí también.

Linda colita

A continuación, armados con sendos destornilladores, desmontan el carro.

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La película cambia, sin embargo, por completo cuando me ven salir del asiento trasero con mi pañoleta rosada: en lugar de encontrarse ante el delincuente más peligroso de la historia, ante sus ojos gana contundencia la imagen del paseo familiar, sobre todo al ver la eterna sonrisa de mi mamá que se destapa como profesora española de Derecho en Bogotá.

¡Me debes una, Jessi!

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Subimos muy por encima de los 4000 mts. en un imponente paisaje sembrado de frailejón, puya andina y los clásicos líquenes, musgos y matojos propios del páramo.

Ellos se pertrechan con gorro, guantes, abrigos, mientras que yo mantengo mi look de siempre, para que vayan algunos tomando decisiones sobre la premisa de que los humanos son una especie superior: me refiero, en concreto, al actual Gobierno del país de mi mamá en relación con Excalibur, otra víctima -especialmente sangrante y a la que quiero hacer un pequeño homenaje desde este espacio- de la irracionalidad en la relación con nosotros (aquí).

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Evidentemente no me dejan entrar en el parque Natural, incluso aunque el recorrido del Nevado del Ruiz se haga ahora íntegramente en carro con un guía acompañante, de modo que no existe la mínima posibilidad de que ponga una pata en terreno volcánico. Y menos aún de que deje mi rastro odorífico.

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Por primera vez en la historia, mi mamá no consigue convencer a los encargados de dejarme esperándolos un rato bajo techo sobre mi mantita, de la que no me muevo hasta que aparece de nuevo en mi campo de visión para dirigirme corriendo a saludar. Y ello pese a la oportuna demostración que les hago; por lo que, dado que llueve y no me puedo quedar fuera, abandonamos el nevado con el rabo entre las patas fraguando un plan para la próxima visita: encontrar una finca bonita en la que dejarme –o quedarme en la casa de la familia de mi lectora, partenaire, y amiga en la distancia Trufa- mientras ellos suben a tocar el cielo con las manos.

Repetimos noche en Mariquita. A la mañana siguiente visitamos Honda con un calor del demonio. A continuación paramos en Guaduas a estirar las patas y conocer la casa de Policarpa Salavarrieta, para los que anden despistados, el personaje colombiano clásico más conocido después de Simón Bolívar, el Libertador.

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Mártir a la par que símbolo de la libertad, La Pola fue fusilada por los españoles por sus actuaciones como espía… Si hubiera vivido hoy, esa misma casa seguramente la hubieran demolido y ella sería una terrorista.

Mi mamá me coloca delante de las banderas nacionales y la efigie de la conmemorada para retratarme. La multitud se agolpa arrobada ante tan enternecedora escena.

-¡Tan bonita!-, exclaman unos.

-¡Tan bien educada!-, otros.

La afluencia de personas hace que se acerquen, curiosas, otras, que se llevan a su vez las manos al pecho y exhalan un suspiro ante mi visión a los pies de la heroína nacional.

Y entonces es cuando empiezo a vomitar.

¿Sí ven mi cara en los instantes previos?
Quien conviva con canes reconocerá este gesto inconfundible…

Como saben soy proclive a esta clase de acciones escatológicas. Si una va a dejar su huella en el mundo ¿por qué conformarse con hacerlo en petit comité cuando se puede ante una gran audiencia? Recuerdo mis segundos de gloria en la playa de Barcelona frente a los restaurantes repletos de turistas, o en mitad de la 7ª ante la mirada de un nutrido grupo de policías en formación… Hasta que mi mamá y su bolsa de plástico acaban de un plumazo con toda la magia.

El vigilante de la casa-museo tiene más paciencia que un santo…

-No se preocupe, señora, si la perra esta malita-.

Eso lo repite las 4 veces que vomito grandes cantidades de espuma amarilla en los diferentes rincones de la casa de la Pola.

Lo que les digo, un alma cándida.

En la calle, sentados sobre la acera, y dándome agua para evitar que me deshidrate, se barajan las siguientes opciones: llevarme al veterinario de Guaduas; llegar corriendo a Bogotá, a tres agónicas horas de viaje; o ir a la finca de la familia de Jessica en Sasaima, a mitad de camino, y pasar a ver al veterinario de los perros de la casa.

Debido a nuestras experiencias, más o menos traumáticas, con diferentes veterinarios durante los primeros meses juntas –que, con tal de sacarle plata, intentaron poco menos que convencerla de operarme para ponerme el hocico en la cola (aquí)-, optamos por la última. Mi mamá se sienta detrás conmigo para consentirme a la par que monitorizarme y Jessica se dirige a nuestro destino a toda velocidad para llegar antes de que cierren.

En ese momento se les cae la venda de los ojos y se da cuenta del enorme fallo que tuvieron con el road trip a lo criollo. Thelma y Louise -con Brad- circulaban por carreteras solitarias, rectas, lisas e interminables con el viento en el hocico… Pero mi país es otro mundo: nosotros pasamos de estar a 50 mts. bajo el nivel del mar en Honda, a casi 5000 en los Nevados, pasamos del calor a frío y del frío al calor cada hora con cada cordillera que atravesamos; el pantalón de mi mamá parece un cuadro de Pollock de las manchas de las medicinas de todos los colores que me da a diario ya que, pese a que con ella no me atrevo a salir corriendo, desarrollo una resistencia pasiva: le escupo hasta 12 veces la pastilla encima;  y las curvas de la carretera que atrás, donde voy yo, se sienten mucho más, acabaron de hacer el efecto coctelera.

Entramos derrapando en el pueblo, y mi mamá salta conmigo del carro segundos antes de que vomite en el asiento de atrás. De camino veterinario vomito unas cuantas veces más. Ya se fue, pero Jessica mueve cielo y tierra para encontrarlo.

Le esperamos tirados en la acera al borde de la carretera. Más de media hora más tarde aparece. Mi mamá le recita la lista de dolencias y tratamientos que llevo encima. En ese tiempo cae la noche: aquello parece una telenovela por entregas.

En el suelo de un local con olor a comida de ganado y caca de pollo me inyectan una droga para cortar el vómito y me recetan otro antibiótico además del que estoy tomando. Mis dos compañeros de viaje sospechan que mi malestar se debe fundamentalmente a la sobredosis de químicos que está aguantando mi organismo desde hace semanas, pero Jessica confía mucho en ese señor, que salvó varios perros de la familia y tiene buena fama en el pueblo, por lo que mi mamá aprieta los dientes y accede al tratamiento.

Nuestra primera salida juntos fue, francamente, mejorable pero, como siempre dice mi mamá, no hay mal que por bien no venga: todos aprendimos algo de ello.

Al día siguiente, en la finca, amanezco mejor y, aunque sigo sin comer mucho, disfruto durante el resto de las vacaciones de los paseítos, de retozar en la hierba y de la vida campestre con la familia bípeda y cuadrúpeda de Jessica y con mis papás.

Si leen bien…

… Mis papás.

Amante -alguno diría que incluso obseso- de la limpieza, y algo asmático, de quejarse de que el carro huele a perro, Jessica pasó a no sólo soportar estoicamente los pelos que dejo en el asiento de atrás, al que me deja subirme, y las bolsas de carne medio cruda que carga mi mamá para mi nueva dieta, asumiendo incluso el riesgo de que pudiera llegar a vomitar en su tapicería, sino que además juega conmigo, me lleva a pasear, me da trocitos de carne del asado, y me sigue arropando como un bebé de Sebastopol.

Ese chico me quiere.

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Ahora mi mamá tiene que dividir sus caricias y atenciones entre nosotros dos –él también la sigue a todas partes, quiere estar con ella y tener una de sus patas encima suyo todo el tiempo y es tan consentido o más que yo (lo que me conocen saben que se trata de una licencia poética: superarme en consentimiento es humana y caninamente imposible)-, pero no me importa. Me gusta esa presencia carismática, divertida, además de cariñosa, de hocico y ojos grandes, igual que yo.

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¿Sí aprecían el aire de familia?
¿Sí aprecian el aire de familia?

En estos días, sintiendo la ternura y viendo la sonrisa de mi mamá al amanecer en un festival de brazos, patas, lenguas y colas en movimiento, sentí que había abandonado su proyecto de no implicarse con hombres colombianos, y menos con hombres colombianos menores que ella.

Esta vez bate su record: según la fecha de su cartilla de vacunación, ese al que llamo papá podría ser, en realidad, mi hermano.

Mi mamá es una mujer de férreos principios…

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5 comentarios sobre “Road trip II

  1. Mira que lindo que encontraste bonitas personas en el camino y si…el señor del museo, ¡es una MADRE! Pocos tienen esa comprensión. ¿Cómo seguiste?
    Y bueno al parecer, tu mami también encontró un niño de buen corazón (no digo niño por lo menir, sino que es una expresión 😉 )

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    1. Si, ese señor del museo realmente también merecía estar expuesto allá junto con el busto de la Pola. Hoy me llevaron al Puente de Boyacá, otro lugar bien emblemático, y me advirtieron muy seriamente… “No se vaya a vomitar, mamita, que acá no tendremos tanta suerte como en Guaduas…”.

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