Una historia de amor

Yo y mi papá

Como ya saben, al año y medio de recogerme, mi mamá adoptó a otro miembro de la familia que también encontró en la calle: mi papá.

En los últimos cinco meses logró educarlo, igual que a mi, hasta convertirlo en un ejemplar digno de admiración, aunque -no se lo vayan a decir a él, que es muy sentido- su cabeza ha resultado ser más dura que la mía.

Los dos esperándola a la puerta de la panadería
Los dos esperándola a la puerta de la panadería en Bogotá
Lo mismo en Villa de Leyva
Lo mismo en Villa de Leyva

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Por ejemplo, si bien ahora dirige sus orejas tiesas -su familia de origen sí se las cortó- hacia ella dispuesto a escucharla con plena atención cada vez que hace ademán de abrir la boca, hay algunos comandos que todavía no domina, como el “stop” cuando se la está comiendo a besos y abrazos. O el “arriba” a las siete de la mañana los sábados y los domingos. Tampoco ha conseguido todavía que corra a su lado en la bicicleta lo que, por otra parte, tiene alguna ventaja, dado que así puede dejarme con él escalando -o más bien: ladrando mientras él sube a las rocas con una correa igual que la mía, pero mucho más larga-, cuando ella quiere hacer paseos sobre dos ruedas.

En cualquier caso, y teniendo en cuenta -como en mi caso- la situación de origen, puede hablar de auténtico milagro, hasta el punto de que mi mamá está pensando en redactar una guía educativa para entrenamiento de criollos.

Su correa
Su arnés y su correa. Yo, la más cabal, llevo las llaves de la casa.

No obstante, y pese a conformar una manada con una marcada estructura jerárquica, de tintes matriarcales, en cuya cúspide se encuentra, indubitadamente, mi mamá -o la “patrona”, como le dice a veces-, mi papá y yo nos buscamos nuestros espacios para dar rienda suelta a nuestros más bajos instintos de vez en cuando.

Por ejemplo, a veces me lleva a su casa donde, en principio, no puedo entrar, dado que toda la familia sufre de asma. Pero cuando no hay nadie me deja pasearme por los dos pisos, y hasta entrar en la cocina, de modo que la siguiente vez que voy, y quiero hacer lo mismo, me cierran la puerta en las narices, y tengo que quedarme en el garaje.

Para compensarme me saca el jamón que se compra para él.

Entonces llama a mi mamá para preguntarle que qué me da de comer.

Mi mamá le dice que, si no hay carne, jamón con arroz, a lo que él responde que ya me dio tanto jamón que no me cabe en mi cuenco.

Ahí generalmente mi mamá le dice que para qué le pregunta entonces.

Mi papá es así: quiere consentirnos y considerarnos a las dos al tiempo.

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También me lleva a correr, juega conmigo y con mi muñeco, me regala sus cepillos de dientes viejos, y hasta camisetas con valor sentimental, como la de un torneo de fútbol en el que participó en su primer viaje a EEUU, a la tierna edad de 12 años, que ahora es mi camisón cuando duermo en su garaje.

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Otras veces me llama cuando mi mamá está en el baño para acariciarme -y recibir unos buenos lametones que le ayuden a comenzar el día con energía-, golpeando el colchón. Entonces yo, sabiendo que es una alcahueta incapaz de resistirse a mi caida de ojos entornados, subo medio cuerpo a la cama.

Así permanecemos arrunchados uno al lado del otro en un silencio sepulcral hasta el momento en que escucho girar el pomo de la puerta del baño…

… En ese momento, sin siquiera intercambiar una mirada, salto al piso a la velocidad del relámpago, apoyando la cabeza en mis patas delanteras con mi mejor cara de pobre de mí, logrando con ello dirigir la atención hacia mi papá, que lucha por liberarse de las sábanas, igual que este amigo.

Ya les dije que el “arriba” le cuesta horrores.

Y el remate fue este fin de semana, que me llevó a pasear mientras mi mamá terminaba unas cosas para la Universidad.

En un momento dado, y viendo ese gran espacio libre a su lado, con hermosas vistas a la calle, decido franquear uno de mis límites y ocupar el puesto del copiloto en el carro.

-No, Linda ¡abajo!- me dice, con el mismo convencimiento con el que Bush padre hubiera reconocido que metió la pata hasta el fondo con las armas de destrucción masiva en Irak.

Yo me hago la sorda, la ciega y la loca mirando de hito en hito a la vez que olfateo apreciativamente aquello que me llama particularmente la atención, acercando mi nariz a la ventanilla…

… Como buen colombiano, mi papá tiene una visión cortoplacista de la vida, y piensa en lo que estamos disfrutando, como Carlos Sáinz y Luis Montoya, el trancón de sábado en Bogotá.

Cuando me canso de ir sentada me hago un ovillo en la silla a la vez que apoyo, mimosa, la cabeza en su reposabrazos para que me vaya dando suaves golpecitos con una mano mientras maneja:

-Como nos vea la mamá nos mata, Linda-.

En ese momento, como si la hubiera invocado en una sesión de espiritismo, nos llama, y mi papá, que tiene la misma malicia que yo -es decir, inexistente- le relata tan íntima escena familiar…

… Mi mamá, como buena europea, tiene una visión anticipatoria de la vida, recreando ante sus ojos la visión de la cara del próximo taxista que asista al espectáculo de verme encaramada a su tapicería.

-No, no hagas eso… ¡Que se baje de ahí!- se escucha en cada rincón del carro a través del manos libres.

Me pilla completamente desprevenida y me pego tal susto al oirla -onmipresente-, cuando pensaba que podía infringir la prohibición a salvo que, de un salto, y sin que mi papá tenga que traducirme, me escabullo bajo su asiento dejando una pequeña mancha color gris-café en la zona en la que habitualmente se aprecian mis pérdidas de orina.

El olor es, sencillamente, nauseabundo.

Mi papá, completamente desconcertado, pasa la mano por encima y la aproxima a la nariz.

De la arcada que le da casi pierde el control del volante.

-Dios mío ¿¿¿qué es eso, Linda???-, se pregunta, atónito.

Cuando mi mamá sale, sonriente, a nuestro encuentro, para nuestra salida de fin de semana, me encuentra correteando por el andén y a mi papá restregando el asiento con un paño empapado en suavizante de ropa con olor a flores, desesperado.

Ya desde lejos se apercibe de que algo va olfativamente mal, si bien no da crédito a que tal tufo provenga de mi cuerpo: y eso que exhalo infinidad de diferentes olores, casi todos ellos ciertamente chocantes para el sensible olfato humano.

Los, dos a punto de vomitar, discuten:

-Fue Linda-, afirma mi papá, algo irritado.

-No puede ser, Linda nunca huele así- rebate haciendo valer su autoridad materna, si bien es consciente de que resulta francamente imposible encontrar otra fuente sin autoinculparse, dado que la otra que sube a ese carro es ella.

-Si, fue Linda, yo vi una mancha en ese lugar cuando se bajó-.

-Pero Linda deja manchas por incontinencia, y la orina no huele así… Eso huele, eso huele a pus reconcentrado, a infección letal…- afirma, reviviendo vagamente la época en que me curaba a diario las heridas que todavía tenía en las patas, casi tres meses después de atropellada, que tardaron dos meses en cicatrizar a base de antibiótico.

Ambos me miran preocupados. Me estoy muriendo y ella sin darse cuenta. El fin de semana se desvanece ante sus ojos… Mi mamá ya tiene el teléfono en la mano dispuesta a llamar al veterinario preguntándose ante qué reto nos encontraremos esta vez.

-Se habrá asustado….- aventura mi papá.

-Pero amor…. ¡Linda no es una mofeta!-.

Y en ese momento la iluminación cruza la cabeza de ambos al tiempo: él recuerda una ocasión en que un perro de la finca familiar se asustó. Y olía así… A mi mamá le vienen a la cabeza unas glándulas… Unas glándulas que me drenaban en las épocas en que me bañaba en veterinarias -antes de que les cogiera fobia tras retorcerme la pata y cortarme con las tijeras en una- y que se ubicaban precisamente en esa zona… ¿¿¿Cómo se llamaban???

¡¡¡Las glándulas paranales!!!

Entonces recuerda el día que le pidió a mi veterinaria en Madrid que le explicara cómo vaciarlas, dado que no iba a dejarme al cuidado de un peluquero canino profesional salvo en casos extremos.

Recuerda cómo se asomó al lugar donde la veterinaria manipulaba bajo mi cola.

Recuerda esa sustancia viscosa, gris-café, de olor nauseabundo salpicando su cara.

Recuerda el regocijo de la mujer diciendo: -¡Ya tuviste la experiencia propia de un estudiante en primero de veterinaria!-.

Y recuerda las nauseas atenazantes… Exactamente las mismas que siente en estos momentos.

Feliz de que sus neuronas hayan hecho la conexión, se dirige corriendo a la veterinaria de la esquina a cotejar su tesis con la de la persona que atiende al público para, a continuación, dirigirnos corriendo al lavadero de carros de confianza de mi papá quien, en agradecimiento por haberle personalizado a su consentido, le pone esta pegatina:

Mi alter ego no tiene pañoleta...
Mi alter ego no tiene pañoleta…

En dos años abandoné la calle para pasar a ser miembro reconocido de una familia tradicional, como papá, mamá… Y hasta carro propio, aunque a mí eso no me afecte a la hora de elegir asiento.

 Nota: Después de pasar todo el fin de semana comiendo restos de asado en familia decidí iniciar una huelga de hambre. Desde ahora no quiero arroz con carne cruda sino morcilla rellena de arroz con arvejas.

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8 comentarios sobre “Yo y mi papá

  1. Linda Milagros…. Siempre es hermoso leerte! A veces me arrugas el corazón, a veces me haces reír… Me alegra mucho cuando al correo me avisan que tienes una nueva publicación en tu blog! Ya sabía que tenías un gran parecido con tu padre, pero eso de que tu madre educa bípedos y cuadrúpedos es nuevo! Tendré que buscar su asesoría…

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    1. Hola Andrea!

      lo mismo digo, para nosotras es un gusto leer tus comentarios también y saber que nos sigues desde algún lugar del mundo :D.

      Para quién requieres la asesoría, para tu perro o para tu esposo? 😉

      Te mando un lamentón! 😛

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  2. Jajaja te confieso que para mi esposo! Mis cuadrúpedas se han destacado por su obediencia en mi presencia y bueno… En mi ausencia no puedo afirmar que sean ellas pero aparecen medias mordidas, ropa afuera, mi cama caliente… No he descubierto bien quien es, pero sospecho que es mi esposo!

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