Una historia de amor·Viaja con tu bíped@

Crónica ibérica

La llegada al país de mi mamá fue, una vez más, una fiesta:

Además de la consabida carne o pescado con arroz ahora mi comida tiene pedacitos de chorizo ibérico. Y de las croquetas que mi tía Ana le preparó a mi mamá. Además comparte la poca carne que come –el jamón serrano- conmigo: ella engulle de un bocado la parte roja y me deja la grasa, para que haga lo propio, que tiene una textura tan suave y untosa que, cuando la veo sacar el paquete, enloquezco literalmente.

Otra cosa diferente es que, en cuanto ponemos una pata en la calle, el vehículo, en lugar de acelerar para ganar muchos puntos, por una colisión doble, o de sortearnos, haciendo derrapar las ruedas, se detiene a varios metros de distancia y sonríe mientras pasamos como dos damas victorianas con traje largo, paraguas con bordados y manguitos. En este contexto de respeto y elegancia yo me esfuerzo todavía más por estar a la altura. Me detengo solita frente al semáforo y me giro a ver si llega mi mamá, sin necesidad de que me diga stop, ni nada. Ante semejante muestra de civismo canino, la gente me mira como si hubiera visto una aparición, seguramente también por el hecho de ser el único canélido que va suelto por la calle, lo que en la península ibérica además de ser inusual, se castiga con multa. Aunque cuando salgo con el resto de mi familia sí salgo, como la Ordenanza manda, con la correa.

Con mi amigo, tío y padrino Jorge Bela. En esta foto en nuestra despedida en Bogotá, repetimos el paseo por el parque en estos días en El Retiro de Madrid. Me quiere tanto que hasta se viste a juego conmigo.
Con mi amigo, tío y padrino Jorge Bela. En esta foto en nuestra despedida en Bogotá, repetimos el paseo por el parque en estos días en El Retiro de Madrid. Me quiere tanto que hasta se viste a juego conmigo, con pañoleta de cuadros rosada.

Tengo a mis abuelitos emocionados con mis muestras de cariño constantes. Lo que no les tiene tan emocionados es mi incontinencia cada vez más galopante. Hay días en que no se desprenden de ese invento tan de esta tierra, llamado fregona, con el que me sigue por toda la casa para quitar los charcos en el parquet. El otro día fuimos a buscar cartones para forrar todo el suelo de nuestra casa, pero a mí me gusta más el fresquito de la madera, por lo que siempre acabo encontrando un hueco entre los cartones. Mi mamá se lo toma, al menos aparentemente, con todo el humor del caso, y a su lista de cariños habitual –bonita, mamasita, muñeca, bicho inmundo, delincuente, terrorista y gordita- hace tiempo que añadió uno nuevo: “miona”. Pero el caso es que está preocupada, fundamentalmente porque soy una perra con una vida social muy activa, y si me voy meando sin previo aviso no será tan fácil ni viajar, ni llevarme a todas partes, como hasta ahora.

Mientras me restriega el flanco empapado, por quinta vez en la última hora, a la vez que me consiente y yo le lamo la cara agradecida, piensa en las palabras del veterinario, vecino nuestro, que nos hizo el informe de salud para poder venir a Europa…

Quizás mis vértebras torcidas estén pinzando el nervio responsable del control de esfínteres. Eso sería problemático porque también podría acabar afectando al resto de esfínteres, así como a la movilidad de mis patas traseras.

Por eso, y porque teníamos que armarnos de productos para las garrapatas antes de irnos a la casa de campo, en Valencia, nada más pisar suelo español, acabé pisando también suelo de veterinaria.

Esa mujer que me da galletas que yo rechazo con dignidad de reina -y a la que yo ignoro ostensiblemente, poniéndome todo el tiempo de cara a la puerta de cristal-, me acaricia. A continuación dice que es probable que, del impacto con el carro, no solo se rompieran mis huesos, sino que además hiciera que mis órganos dieran un triple salto mortal. Es decir, que quizás tenga prolapso de vejiga, igual que las abuelas con varios partos a sus espaldas, a la tierna edad de tres años.

¡Eso sí que es una buena noticia! Exclama mi mamá, pensando que posiblemente pueda solucionarse con una sencilla intervención. Aunque en mi caso la primera y última “sencilla intervención” acabó en ingreso hospitalario de varios días debido a problemas en la cicatrización.

Y por fin, después de muchos días paseando entre asfalto y calor madrileños… ¡Nos fuimos a la playa!

Pero antes de llegar, cuando nos bajamos del coche en un pueblo llamado Favara, desierto como una calle del salvaje oeste a pleno mediodía, nos robaron el computador de mi mamá -y con él sus fotos, escritos, y la posibilidad de conectarse con el mundo- delante de mis telescópicas narices.

Cuando se dio cuenta de que la mochila había desaparecido, salió corriendo calle adelante bajo un sol abrasador, seguida por mí gruñendo y ladrando de tal forma que, si hubiéramos visto a alguien, con toda seguridad hubiera arrojado su botín al suelo.

Tú no has visto la cara de mi mamá enfadada…

Me avergoncé tanto de este fracaso personal en mi vocación de perra policía que, desde ese momento, me atribuí la misión de garantizar la paz y seguridad internacionales, igual que la ONU, ahuyentando a ladrido limpio a cuanta sombra se acercara a la casa y, en concreto, al cuarto donde ella, escuchando mi concierto, intentaba concentrarse para terminar las últimas correcciones de estilo al libro de su viaje por Asia en bicicleta, antes de enviarlo a las editoriales. Y, modestia aparte, tengo que decir que fui mucho más exitosa que ella. Y eso que a mí me vetaban también en mis expresiones públicas… Sobre todo a la hora de la siesta.

Aparte de mi sentido de la lealtad, tan noble gesto se debe a un motivo no tan altruista: cuando acabe con el suyo… ¡Se pondrá, por fin, a transcribir lo que yo le dicto para el mío!

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2 comentarios sobre “Crónica ibérica

    1. Hola Isa,

      sí tengo lo que pasa es que como mi mamá no está no le puedo dictar… Ya pronto regresa a rascarme la barriga y ponerse a la tecla. Mientras tanto te mando un gran lametón en la nariz 😛 Y ella te manda un abrazo grande

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