Una historia de amor

No llores por mí, Argentina

No sé por qué los humanos se empeñan en tratarnos como niños chiquitos, ocultándonos los aspectos más duros de la realidad obteniendo, no obstante, resultados contrarios a lo esperado.

Mi mamá se fue a montar en bicicleta todo el día con sus amigos en una ruta de 50 kilómetros bajo un sol abrasador. Como mi alegría cuando salimos con mi hermana de dos ruedas es incluso mayor que la que experimento cuando la veo ponerse las botas de montaña y coger mi bebedero y su mochila -no sé si alcanzas a imaginártelo-, entre mi abuelita y ella idearon la siguiente estrategia:

-Salgo con Linda un rato-.

-A qué hora regresas-.

-Pues no sé, en un rato-.

-Bueno, entretente todo lo que puedas y así no me ve salir con la bici-.

-Bueno, ¿cuanto tardas en irte?-.

-Por ahí veinte minutos-.

Antes de que transcurra ese tiempo, y a diferencia de lo que es habitual, doy por finalizados mis juegos en el parque y salgo corriendo en dirección a casa, llevando a mi abuelita haciendo esquí acuático por las calles de Madrid.

Subo a toda velocidad, con la lengua fuera… ¡Horror! ¡La bici! ¡Desaparecida!

Busco a mi mamá como un sabueso por toda la casa.

Cocina: negativo.

Su cuarto: negativo.

Cuarto de estudio: negativo.

Baño: negativo.

No está.

Se fue… Y lo peor de todo, no sé cuando vuelve.

Mi corazón da un vuelco y, abatida, paso el día echada, alternativamente, en el rincón frente a la puerta y en una esquina del salón, con la cara de pobre de mí más conmovedora que se vio a este lado del Atlántico en los últimos tiempos… Incluso más que la que pongo cuando comen jamón ibérico de bellota delante mío y no me dan.

¿Por qué no hizo como cuando se fue a Asia que me explicó con pelos y señales, en nuestra última noche juntas, dónde iba, por cuánto tiempo, y me pidió que me portara bien y que lo pasara estupendo con sus tíos? ¿¿¿Por qué??? Entonces yo pasé cinco minutos dándole besos por la cara, manos, nariz y orejas a modo de despedida para los siguientes cuatro meses, haciéndole ver que la entendía.

Alarmada por mi estado de ánimo y por la suerte de su suelo de parquet, ya que, cada vez que cambio de posición, dejo unos charcos enormes, gigantes, superlativos, mi abuelita me saca a pasear de nuevo.

No hay forma.

No quiero salir. ¿Y si llega en ese rato y yo no estoy? ¿Y si salgo y nuestros caminos nunca volvieran a cruzarse?

Con mucha paciencia me convence. No obstante salgo reticente a abandonar el entorno conocido, echándome un par de veces en el portal.

Una vez fuera me dirijo a todos los bancos olisqueando detenidamente a sus ocupantes, no sea que la encuentre en uno de ellos, parapetada entre los jubilados, leyendo, igual que el señor del otro día, el periódico.

A la hora de regresar he cambiado de opinión.

Cuanto más cerca esté del portal antes veré si llega; mejor no subir a casa, por tanto. Me echo en la calle frente a la puerta, luego detrás del vidrio cuando me hacen pasar y, por último, junto a los buzones.

Por la tarde ya estoy más tranquila y salgo a pasear gustosa. Como las oí hablar por teléfono ya se que se encuentra en camino hacia acá.

El efecto de mi incontinencia desatada se extendió varios días más y mi mamá aprendió, por fin, la lección.

-A partir de ahora- me prometió -te contaré siempre dónde voy para que estés tranquila-. Y, efectivamente, la noche antes de irse a Barcelona vino a mi cama y, tumbadas en el suelo del salón, me acarició la barriga, mientras yo posaba mis patas en su cara y su pecho, y me contó que se iba diez días y que nos reencontraríamos en Valencia al término de los mismos. Todo ese tiempo estuve feliz y contenta disfrutando de los mimos de mis abuelitos, a quienes quiero muchísimo y considero parte del núcleo duro de mi clan familiar.

Ahora que estamos aquí todos juntos y percibo un cierto ambiente de despedida, voy anticipando otra conversación de mujer a mujer: se va a recorrer algunas de las ex-repúblicas soviéticas con la bici un mes e, inmediatamente después, regresamos a Colombia.

En ese tiempo yo gozaré, a mi vez, de unas merecidísimas vacaciones apartada del mundanal ruido: tomaré el sol; haré nidos y esconderé huesos de canilla bajo la higuera; comeré pechuga de pollo, solomillo, salmón, cabezas de boquerón, paella y arroz con toque árabe; masticaré hierbas del jardín para luego vomitarlas en mi esquina favorita; disfrutaré de los masajes a contrapelo de mi abuelita, a la búsqueda de garrapatas, por si el veneno que llevo encima no fuera suficiente; dormiré en el porche bajo las estrellas, protegiendo a mi abuelito -que gusta de dormir a la fresca en las calurosas noches de verano- despertándolo cada vez que oiga un ruido y dejándolo al borde del infarto con mis varoniles ladridos à lo Marlene Dietrich; perfeccionaré la caza de moscas a bocados en horas de la siesta, a ver si llega el día que pillo alguna para que luego se escape entre los barrotes de mis colmillos; pasearé y cogeré palos por la playa, remojándome las patas a orillas del mar, e incluso la barriga, cuando alguna ola me pille desprevenida y… Bueno, no sé si contarte esto porque te vas a poner verde de envidia…

Correré con la lengua fuera y mi pata suelta en posición horizontal, por efecto de la velocidad, al viento, disfrutando del non plus ultra en acción, diversión y entretenimiento: ¡perseguir conejos entre los naranjos!

014.-Brosquil julio

¡Felices vacaciones para ti también!

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8 comentarios sobre “No llores por mí, Argentina

  1. Linda eres una chica grande y madura, pero creo que las mamás no piensan lo mismo, para tu mami y tus abuelos siempre serás la niña mimada..

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    1. ¿Si? ¿Tu sí lo ves así? ¿¿¿Crees que pronto me dejarán entrar a las discotecas???

      Gracias por esa muestra de confianza en mi madurez canina, me ayudará a sobrellevar este mes con más ánimo si cabe 🙂

      ¡Un gran lametón, querida Olga! 😛

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  2. Pues mi pechocha hermosa te cuento que estoy verde de la envidia como dices, pero me alegra que disfrutes y la pases del Bendiciones muchos besos te super QUIERO HEMOXA

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  3. Linda… Diariamente actualizo tu blog desde mi teléfono…. Y me pregunto… Cuando regresas? Claro que mientras, me entretengo leyendo las aventuras de tu mamá y milady por prados, caminos y tréboles!

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