Viaja con tu bíped@

Una pequeña, gran familia

Gracias a mí, mi mamá se libró de unirse a todos los planes turísticos habituales para los visitantes del río Amazonas.

-Viajo con la doctora que está echada debajo de la mesa-, explicó a la señora que vendía el plan completo para la Reserva Marasha. Un lugar, al parecer, espectacular, con cabañas de madera, comida deliciosa típica, kanopi, kayak, paseos interpretativos en la naturaleza, avistamiento de monos y caimanes, caminata nocturna…

La mujer le expidió el tiquete y, cuando regresamos de comprar el desayuno, nos encontramos con la puerta en los hocicos.

-Qué pena, señora, con el perro no se puede-.

-Cómo así, yo lo advertí antes de comprar-.

-Sí, ¡qué pena!, no le entendieron bien-.

-Pero ahora ya tengo el tiquete- mi mamá se aferraba a la política que hechos consumados.

-Tranquila, no se preocupe por eso, le devolvemos la plata-. Pero ella no quería la plata; quería era avistar caimanes desde una endeble embarcación de madera, con un agujero en el centro que pensaba compartir conmigo, desde el río más grande del mundo.

Lo mismo ocurrió con la famosa Isla de los Monos; con el pasadías hasta Puerto Nariño parando en un par comunidades que exhiben animales recuperados para sacarles fotos y unos cuantos indígenas vestidos con su traje típico con la misma finalidad; y hasta con el barco de línea -el “Rápido”- hasta cualquier otro punto del Amazonas.

Si no llega a ser porque mi mamá es el ser más testarudo que te hayas cruzado en tu vida, hubiéramos pasado los siguientes diez días deritiéndonos las almohadillas por el asfalto caliente; visitando mañana, tarde y noche el coqueto y rosado Museo Antropológico de Leticia. O mi mamá hubiera rogado a Avianca para que nos devolvieran a la Feria de Cali donde, al menos, dejaría a todos boquiabiertos con mi tumbao… y hasta de pronto me otorgaban un lugar destacado en el desfile.

En la oficina naviera de transporte masivo desplegó todas sus armas de convicción mientras yo me hacía un ovillo junto a su mochila… No iba a incurrir en el mismo error de apenas unos minutos antes: dirigirme como un rayo, ladrando con los colmillos fuera y esparciendo gotas de chichí por el piso, hacia nuestro potencial guía del pasadías cuando se acercó por la espalda, demasiado rápido para mi gusto, a mi mamá, quien en ese momento declaraba risueña a la chica tras el escritorio:

-La perra es una santa, muy tranquila, no hay ningún problema por esa parte…-.

Después de contar que siempre la acompaño -mi mamá siempre explica que soy entrenada para ello, si bien nunca especifica por quién-; que recorrí medio planeta (lo que atestiguó con un ejemplar arrugado y medio desecho por la humedad de la revista Viajar de El Tiempo) y que estoy habituada a desplazarme en cualquier medio de transporte aéreo, marítimo y terrestre presente y futuro, la amable vendedora, no sin ciertas reticencias -que acabaron de disolverse ante su sonrisa y mi impecable comportamiento-, le expidió el segundo tiquete del día… ojalá este sin regreso.

A la hora de la partida -que era a las dos de la tarde-, con las piernas flojas por los nervios y el calor húmedo asfisiante, nos dirigimos al muelle: una barraca flotante desbordante de bultos, pasajeros nativos con rasgos indígenas; nacionales con rasgos, fundamentalmente, bogotanos; y varios turistas de dos metros con morrales en los que hubieran podido cargarme estirada como una reina, y que destacaban como un faro entre las cabezas, mayoritariamente morenas.

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Hacía mucho tiempo que mi mamá no veía europeos fuera de su país ¡y mucho menos que hubiera hablado con ellos! Y así fue como, compartiendo un pan relleno de guayaba, entró en conversación con William -un rolo que se encontraba en su etapa final de su viaje de un año por América latina, que concluiría, en pocos días, en Leticia- y Vizenzo -un romano que andaba de turismo por mi país-. Ambos viajaban juntos.

Vinz Puerto Nariño
En el muelle con William. Para entonces Vizenzo no sabía que el perro que jadeaba bajo la silla de la chica era parte de la expedición… por eso no me sacó.

Pese al ajetreo del muelle y la cara -entre asco y sorpresa-, que me regaló la encargada de las listas, logré abordar sin impedimentos, ante los atónitos ojos del resto del pasaje, detrás de mi mamá…

… De ser dos parias secuestradas en Leticia, pasamos a surcar el mítico Amazonas con el hocico al viento y entre un ruido ensordecedor (yo lo surqué casi todo el tiempo en sus brazos, aunque también me paseé por el barco en busca de algo de estabilidad para juntarme con Willi y Vinz, que me consentían mientras arrastraba la lengua por el piso).

A nuestra llegada a Puerto Nariño, la única población grande de la zona, ubicada a dos horas de trayecto río arriba -sin carros, más que el servicio de limpieza, punto de pago de Bancolombia o internet-, ya conformábamos una pequeña gran familia con los chicos que, para el momento de desembarcar, nos habían cogido cariño y nos consideraban indispensables en su equipo.

Sobre todo a mí, que les llené la ropa de pelos amarillos…  Sigue olfateando esta historia aquí.

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16 comentarios sobre “Una pequeña, gran familia

  1. Que chevere ese tipo de aventuras mi peluda Linda. Solo tengo una consulta de ignorante para tu mamá….Linda al igual que los humanos requiere vacuna de fiebre amarilla o alguna otra prevención?

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    1. Querida Yulissa,

      pues te cuento que yo, al igual que los humanos, también tengo mi preparación para viajar a zonas tropicales: estuve tomando Tiamina (complejo B) días antes para evitar picadas de zancudos, y no tengo profilaxis para las enfermedades de los humanos pero sí una, muy fuerte, contra garrapatas (collar y pipeta, para evitar que se peguen e incluso una pepas cuyo efecto dura tres meses, que las elimina si me muerden). Las garrapatas son la peor pesadilla para un peludo como yo… ¡y más en mi caso, que ya tengo dos hemoparásitos graves trasmitidos por ellas!

      Si te interesa el tema acá van algunos datos :P: https://elmundoa4patas.com/2014/12/09/viajar-con-humanos-i-guia-practica/

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  2. jejeje la santa es tu mama que se atreve a viajar por colombia con un perrito!! en este pais es toda una odisea!
    nosotros somos tres y mi mama nos deja en casa cuando viaja!

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  3. Linda hermosa, me divertí mucho leyendo esta entrada! Espero atenta la continuación de la historia. Me encantó tu video de travesía en el río con tus pelos al viento. Rasca panza para ti.

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    1. Sí Jimena, con los pelos al viento, el sol brillando en mi pelaje… Katharine Hepburn en La Reina de África parece una aprendiz de diva a mi lado 😀 😛

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  4. Linda Milagros … En el vídeo te ves como toda una expedicionaria! Tus orejas al viento y el leve movimiento de tu pelo me hicieron dar verdadera envidia… Entenderas… Pasó los días en una oficina de 3×3.. Me quedas debiendo no sólo el resto de la historia, sino tus fotos…. (Bien lindas que hagan volar la imaginación de quienes van a participar en tu concurso… O al mejor estilo de la hermana perdida de las kardashian!) un abrazo!!

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    1. Querida Presidenta,

      ¡te confieso que me demoré en contestar porque primero tuve que investigar quienes eran las Kardashian! Si tuviera un tren trasero tan gordo como Karla ya hace tiempo se me habría desprendido la pata que me confiera mi inigualable tumbao. En cambio unas gafas así, que enmarquen mis hermosos ojos con kohl natural, sí las aguantaría mi telescópica nariz… 😉 😛

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  5. Entiendo perfectamente a esos dos muchachos, todo el mundo necesita un montoncito de pelos amarillos en la ropa 😀

    Que bueno que hayas podido visitar Puerto Nariño es mi lugar favorito de la zona 😉

    Esperaremos la próxima entrega ara ver que viste por allá.

    Muy bien por tu Mamá por su característica terquedad!

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    1. Hola Lowfill,

      cuando nos veamos te dejaré también un montoncito para ti, yo tengo hartos y puedo donar un puñado a cada uno de mis fans sin pasar frío 😀

      A mi también me encantó Puerto Nariño… hay barro en cada esquina, un montón de amigos cuadrúpedos y ¡no hay carros!

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    1. ¡¡¡Wooooooow María!!!, ¡tu puedes es poner una cadena de tiendas!

      “Back to troglodite times”, by María Morales-Hinton… Quedaría perfecta en el Centro Andino, en Unicentro… ¡y en la Quinta Avenida de Nueva York! 😀 😛

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