Una historia de amor·Viaja con tu bíped@

El karma de Monguí

Aquella noche fuimos a informarnos sobre los paseos al páramo de Ocetá a la oficina de turismo de la Alcaldía. El señor encargado, con un bigote negro más tupido y largo que el mío, se entusiasmó tanto con nosotras que: 1. Me permitió subir -incluso sin que mi mamá se lo pidiera- al páramo, siempre y cuando llevara correa en el punto en que habitualmente se ubican los venaditos y 2. Me invitó a echarme bajo su mesa mientras la invitaba a tomar una cerveza… que mi mamá cambió por una gaseosa.

Tras hablar del proceso de paz; de Santos y Uribe; de los planes para convertir en Monguí en un nuevo Villa de Leyva e interrogarla sobre su situación laboral, familiar y sentimental en Colombia, ella abordó el tema que nos interesaba…

-¿Qué sabe usted del perrito sarnoso que está siempre en el parque?-.

-¿¿¿Del sarnoso???- respondió, desorientado por el cambio de rumbo de la conversación.

-Sí, uno negro que se la pasa frente a la panadería-.

-¡Ese perro es mi karma! ¡¡¡Es el karma de Monguí!!!- bramó, elevando ambos brazos, junto con la mirada, al cielo (es decir, al techo del local) -Ojalá lo acaben pronto. Lo intentaron envenenar varias veces pero el muy hijuemadre no se muere y causa una impresión terrible a los turistas. Ese perro ha salido en internet y todo, hay gente que lo intentó ayudar y no hubo forma ¡Ni se deja agarrar el desgraciado!-.

Con semejante reacción, tanto a mí, bajo la mesa, como a mi mamá, nos quedó claro que nos encontrábamos ante toda una personalidad en el pueblo… una personalidad de cuatro patas.

-Su perrita es distinta- comentó, cayendo en cuenta de que, de pronto, se había expresado con demasiada rudeza frente a una turista que tiene por sombra un criollo de pura cepa –ella está bonita y es demasiado educada…- susurró, mirándome con embeleso.

-Mi perra estaba peor que él cuando la encontré… De hecho, estoy pensando llevármelo-.

-¡Uy sí, por favor! Líbrenos de ese demonio, el pueblo entero se lo agradecerá- exclamó, levantándose con objeto de poner punto final a la conversación.

Al día siguiente pasamos el día correteando por el Páramo de Ocetá.

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Mi mamá iba todo el tiempo suelta, salvo cuando el guía le cogía la mano para evitar que patinara en las piedras. Yo estuve a ratos suelta, a ratos en brazos de mi mamá -en los pasos muy altos y resbalosos en los que sollozaba del miedo de no poder seguirla-,  y el resto de ratos al cabo de la cabuya que conseguimos para intentar amarrar a Brad; ya que mi correa se la pasa durmiendo el sueño de los justos en el último cajón del clóset en Bogotá.

Esa mañana no vimos a Brad en su lugar habitual.

En la noche lo vimos cruzar fugazmente, como una exhalación, el parque.

Para entonces mi mamá había tomado una decisión:

No podíamos llevarlo en esta ocasión, si bien volveríamos la semana entrante con un equipo de rescate compuesto por un carro que conseguiríamos a lo largo de la semana, algunas pastillas tranquilizantes (a falta de una escopeta con somníferos como las que se usan para dormir, transportar y tratar a los leones del África), varios kilos de salchicha, Anabel y -ojalá- mi hada veterinaria, a buscarlo.

Su preocupación había pasado, por tanto, a ser otra…

¿Y si todo el revuelo organizado con él desde que pusimos las patas en el pueblo servía como recordatorio del problema y daba pie a un nuevo intento de envenenamiento? ¿Y si el veterinario se aseguraba de acabar con Brad antes de que tuviera la oportunidad de volver al pueblo cubierto de una espesa negra y brillante pelambrera, echando por tierra su diagnóstico?

Tras mucho dudar sobre su estrategia dirigimos nuestros pasos hasta la veterinaria.

Una vez allí, apenas mi mamá abrió la boca para referirse a mi compañero, su interlocutor se puso como una furia:

-Señora, ya le dije que ese caso no tiene remedio, ¡y dele con ese perro! Ese animal hay que eutanasiarlo, en estos días espero recibir respuesta de Sogamoso y si no responden lo haré por mi cuenta: es un peligro público, tiene sarna, eso es muy prendedizo, los niños están en peligro, puede generar una zoonosis ¡Es mi responsabilidad que no transmita la toxoplasmosis a todo el pueblo!-.

Supongo que la idea era pintar un panorama bien desolador a mi mamá para que dejara de molestar pero… ¿¿¿la toxoplamosis??? Yo había escuchado que puede transmitirse a humanos por las heces de los gatos y por comer carne cruda… ¡pero nadie estaba pensando en comerse a Brad!

-Yo sé- le daba la razón mi mamá intentando no perder la calma -Yo sé que hizo usted lo que estaba en su mano por curarlo y seguramente incluso llevándolo a un hospital no tenga remedio…– mi mamá es una estratega como yo y, bajando un poco la cola, intentaba que bajara la guardia -…el caso es que tengo una amiga que es veterinaria en Bogotá que además es experta en temas de piel y me gustaría intentar ayudarlo, aunque seguramente no haya nada que hacer por él, como usted dice. Por eso le pido que, por favor, deje al perro tranquilo, incluso aunque llegue la autorización de Sogamoso, hasta el próximo fin de semana…-.

Y, a continuación, el as en la manga, la información que mi mamá sólo da a conocer en casos de extrema necesidad:

-Verá, vivo hace tiempo en Colombia hace tiempo, por lo que puedo regresar a buscarlo sin grandes complicaciones-.

-¿Ah sí? ¿Y a qué se dedica?-.

-Soy profesora en la Universidad-.

-¿Y en qué universidad?-.

Acá mi mamá pronunció el nombre del aburrido lugar sin pasto ni bicicletas donde me tengo que quedar esperando fuera de la verja. La expresión del interlocutor fue cambiando visiblemente: de explícito fastidio a velado desconcierto.

-Y ¿de qué da clases?-.

-De Derecho-.

Y, a continuación:

-El caso es que el próximo fin de semana, después de los exámenes orales de final de curso, vendré con un equipo de rescate para llevármelo. Ya lo tengo todo organizado. Imagínese qué embarrada si muevo a todas esas personas hasta acá y el perrito no está…-.

-Si claro, doctora, no se preocupe- afirmó sin acabar de creer lo que había tras esa chica sonriente vestida con ropa deportiva y tocada con un gorro rosado con pompón de lana. Lo mismo pasa conmigo que, viéndome, nadie creería que provengo de una gasolinera y tuve rotos la mitad de los huesos de mi cuerpo –estaremos pendientes de que el perrito esté por acá y ¡ojalá que se pueda recuperar!-.

-Muchas gracias, es usted muy amable. Si no hubiera nada que hacer ya nos encargaríamos nosotros en Bogotá-.

Acto seguido nos dirigimos a la panadería para informar a la encargada de suministrarnos la dieta de Brad durante los últimos días que el perrito negro iría la semana entrante a intentar curarse a una clínica en la capital y que, por favor, lo dejaran tranquilo hasta entonces, que ya pronto saldría de allí… Si es que se dejaba atrapar.

Un destello de alegría cruzó por sus ojos y una sonrisa iluminó su cara.

-Ay sí, pobrecito, ojalá pueda cogerlo y hacer algo por él, ha sufrido mucho el animalito- exclamó, ensombreciéndose su expresión a continuación.

A la mañana siguiente mi mamá me dijo su famoso -Espera- a la puerta de la Alcaldía, en el imponente parque central. A continuación subió de tres en tres las escaleras hasta el tercer piso (igual que hago yo, solo que ella solo tiene dos patas). Allí se encontraba el Personero, muy elegante de saco y corbata, reunido con su secretaria. Ambos observaban con creciente asombro a la persona que jadeaba frente a ellos, como la lengua fuera, mientras exponía el caso:

-Claro, doctora… Es usted un ángel, pues no le oculto que ese perro nos causa mucha preocupación; se intentó hacer de todo con él, no se deja tratar, incluso se le puso veneno pero parece haber creado defensas contra él-.

-Yo sé, estoy informada sobre el caso. Lo único que le pido es que, por favor, lo dejen en paz por esta semana. Que no lo vayan a espantar del parque ni, por supuesto a hacer nada, para que lo encontremos cuando vengamos- y, de nuevo –imagínese qué embarrada si llego acá con el equipo de rescate desde Bogotá, incluida la veterinaria, y no lo encontramos-.

-Claro que sí. No se preocupe, doctora. Yo personalmente me encargo de que no haya problemas por ese lado-.

-Se lo agradezco mucho- sonrió, dándole su nombre y número de teléfono y extendiéndole, a continuación, mi tarjeta para que viera que lo de recuperar animales iba en serio y que habría muchos fans de Linda Guacharaca pendientes de su actuación en la próxima semana.

Bajando las escaleras, de nuevo, de tres en tres, se cruzó con el “funcionario crucificado” encargado de turismo. Sin poder contener su entusiasmo le espetó:

-La próxima semana nos vemos, me voy a llevar al perro-.

Su ceño se frunció.

-Ahá, ya veo… El dueño de pronto no lo permite-.

Defitivamente, hay humanos que no se alegran de las oportunidades de los demás: algunas personas habían comentado que Brad tenía una familia que lo había botado a la calle, avergonzada de su enfermedad, por lo que, a los efectos, era como tener a la mamá, pero tenerla muerta.

-Si el dueño tiene algún problema que se persone por acá el domingo y hablamos del asunto-, respondió, con un deje de inquietud por lo que pudiera hacer que, sin embargo, no dejó traslucir.

Su naricita asomó al sol donde la esperábamos batiendo la cola: yo de felicidad tras no verla en diez minutos, y el propietario del hotel donde nos alojábamos porque iba de afán… Tenía que hacer visitas comerciales por diversos pueblos de Boyacá y nosotras lo escoltaríamos, mirando por las ventanillas, hasta que llegara el momento de coger un bus que nos devolviera a Bogotá.

Desde el carro ambas escudriñamos el parque en su busca pero nada: ni frente a la panadería, ni junto a la fuente, ni siguiendo, a un par de metros, las bolsas del mercado…

Ni rastro del karma de Monguí.

Continuará

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26 comentarios sobre “El karma de Monguí

    1. Querida Olga,

      ojalá esté Brad el próximo fin de semana, si no mi mamá se quedará tan planchada como yo el día que mi mamá cogió la bici para recorrer cientos de miles de kilómetros y me di cuenta de que no me iba a llevar… Espero que no tenga que pasar por un trauma igual.

      Te mandamos un fuerte abrazo y un gran lametón en la nariz.

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    1. Querida Silvia,

      mi mamá se acordó de ti en estos días con el famoso motocarro y… aunque le entra una parálisis similar a la que siento yo frente a una tina con agua, ¡cada vez está más convencida de aprender a manejar! 😀

      Les mandamos besos y lametones a los cuatro.

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    1. Yo también, querida Trufa… Si no, con los nervios de mi mamá voy a acabar ladrando a quien no debo en el parque y a meterme en un lío. Tú ya sabes cómo es esto.

      Les mando un abrazo grande y un tremendo lametón en las narices.

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    1. Yo también estoy intrigada y mi mamá… ¡ni te cuento! Se pasa el día al teclado y hablando por teléfono. Yo ya me veo de nuevo echada a sus pies rumbo a Boyacá… esta vez en un carro.

      Les mandamos abrazos y lametones.

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    1. Querida Eileen,

      ¡qué bueno olerte por aquí! 😀

      Te cuento que ya logramos un tercio del plan: ¡mi mamá consiguió carro! Ahora solo falta 1. Encontrarlo, 2. Cogerlo y 3. Conseguir llevarlo a Bogotá… ¡Cruza las patas para darnos suerte, amiga!

      Te mando un gran lametón en la nariz 😛

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      1. Imagínate cómo estoy yo, que no paro de escucharla teclear y hablar por teléfono y no sé muy bien lo que me espera en los próximos días… ¡Vivir en mi pelaje sí es duro, querido Rodrigo!

        Te mando una de las rascadas de panza que me da mi mamá con efecto tranquilizante, como las pastillas para Brad 😉

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    1. ¿¿¿Desde el caballo de Troya??? Yo nunca subí en caballo, es lo único que me falta. Mi mamá también se encuentra en estado de alta tensión, querida Mónica ¡entre las dos me van a provocar un ataque de ladradera! 😛

      Te mando un abrazo lleno de pelos amarillos en la ropa.

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  1. Querida Linda los humanos son muy raros..ni siquiera ayudándoles agradecen.. Pobre animslito ..ojala pronto tu mami ..lo pueda sacar de ese lugar…de verdad que lo vivido por este perrito no tiene razón ..tu mami tan valiente merece todo lo mejor del mundo! Las queremos mucho!

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    1. Queridas Mary y Lorenza,

      mi mamá ya está moviendo todo el dispositivo y ya sabes cómo es cuando quiere que hagas algo (y si no lo sabes, te lo cuento yo: no hay quien le haga cambiar de opinión, ni con mi mejor cara de “pobre de mí”)… Muchas gracias por sus palabras tan amorosas hacia ella, me las quitaron del hocico 😀

      Nosotras también las queremos muuuuuuuuuucho 🙂 Un gran lametón 😛

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  2. Ayyyy Linda, que todo salga bien para Brad, con la ayuda de tu mami y la tuya, bueno y de todo tu séquito 😉 eh, perdón de todos sus amigos, jejejejejejejejeje.

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  3. Linda hermosa, tus tres comadres peludas y yo estaremos pendientes de qué pase con Brad! Mucha suerte para tu mamá en el rescate y cuéntanos apenas tengas noticias. Rasca panza para ti.

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    1. Querida Jimena,

      ocupada en conseguir alguna de las salchichas destinadas para Brad no tuve tiempo para escribir…

      ¿Ya leíste las últimas novedades?

      Brag está en Bogotá… Y ya no se come mis salchichas, sino su ProPlan de salmón 😀 😉

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