LindaGuacharaca

Linda ¿Planetaria?

-Nos gustaría publicar tu libro en digital en incluirlo en nuestro catálogo de libros para niños que presentamos todos los años a las escuelas-. Esta fue la sorpresiva sorpresa que nos tenía preparada la editora de la sección infantil y juvenil después de tener varios meses mi libro sobre su mesa.

A mi mamá le temblaban todos los pelos del bigote sólo de pensarlo: por un lado, a Planeta la había gustado nuestro libro y, por otro lado, mis fans, aquellos bípedos que llevaban meses esperando a tenerlo entre sus patas querían precisamente eso ¡tenerlo entre sus patas!… y muchos de ellos ya no son cachorros, precisamente.

La reunión que tuvimos con ella en el piso 10º del edificio de Planeta en Bogotá también acabó de manera inesperada, igual que aquella parada de mi mamá y mi papá Steven en la bomba de los Llanos hace tres años: fuimos a negociar la posibilidad de cederles la parte digital y publicar por nuestra cuenta los libros físicos y salimos con un nuevo plazo de espera: Andrea, entusiasmada con todo lo que le contaba mi mamá sobre el proyecto “La vida es Linda”, pensó que bien valía la pena presentarlo al Comité editorial para que lo incluyera en el plan de publicaciones de este año.

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Tras otras cuantas semanas de espera en las que el Comité se retrasó un par de veces en sesionar y en el que Andrea se fue de vacaciones sin avisar del veredicto: el baño de agua fría.

Mejor dicho, tibia.

La mitad de los editores no vio claro el éxito que tendría mi telescópica nariz en el mercado. Como soy una perra, y no un unicornio -en la jerga editorial: bloguer@ o personaje público con taaaaantos miles de seguidores que es un súperventas asegurado-, los que votaron por el sí quedaron en minoría.

Y entonces llegó la última propuesta editorial:

Publicarnos con un sello de Planeta (un sello menor) y nosotras manteníamos todos los derechos y ellos nos hacían el libro, bien bonito, y la distribución.

El inconveniente llegó a la hora de preguntar cuánto valía hacer el libro, bien bonito, y la distribución.

Ante la mirada desencajada de mi mamá, que apenas llegaba a asumir el impresionante número de ceros que salió de su hocico, el nuevo editor-interlocutor señaló que se ofrecía para acompañarla a conseguir espónsors. A ella le brillaban los ojos de nuevo de la emoción de pensar en las posibilidades que se abrían ante nosotros: con ese apoyo económico podríamos hacer talleres presenciales en escuelas, regalar libros para trabajar con ellos en el salón de clase a lo largo un ancho del país, crear una guía educativa…

Pero no. Los espónsors a los que se refería Planeta eran solo aquellos que quisieran pagar un tiraje especial para su empresa.

Con esta nueva perspectiva en el horizonte ¿qué crees que hizo mi mamá?

Lo mismo que hubiera hecho cualquiera ante semejante cambio de circunstancias: echarse en el tapete de la sala conmigo para consentirme la barriga y pensar…

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