Chascarrillos veterinarios·Una historia de amor·Viaja con tu bíped@

La “Miona”

A Camilo José Chaves, otra de las víctimas de estas semanas…

Hace dos semanas llegó mi abuelita a Colombia.

-¿Quien viene? ¿¿¿Quién vieneeee???- es la técnica que utiliza mi mamá para señalizarme que se acerca una persona amiga desde los tiempos en los que me abalanzaba ladrando y mostrando los colmillos hacia cuanto ser vivo se acercaba a ella.

Tras las puertas de apertura automática del aeropuerto de El Dorado, en Bogotá, reconozco de inmediato a esa mujer menuda quien, de verme como un ser portador de problemas y enfermedades para mi mamá al principio de los tiempos, pasó a tratarme como lo que soy: su nieta favorita…

… Y no es porque sea la única.

En este tiempo nos trasteamos de nuevo debido a que Pecas nos dejó, prácticamente, sin existencias. Miramos muchos apartamentos; hicimos dos veces la maleta y cambiamos dos veces de casa. Mientras tanto finalizó el curso, y mi mamá puso notas a sus cientos de estudiantes y tuvo muchas, muchísimas, reuniones. También terminó de escribir un par de artículos para publicar antes de irnos de viaje las tres juntas a recorrer Colombia; y tuvo que dividirse para atender a mi abuelita y a mi papá, quien se autodenomina su yerno favorito…

… En este caso no podemos asegurar que no sea por ser el único, aunque, desde luego, hace méritos.

Cruzando terreno encharcado en el páramo en los alrededores de Bogotá
El yerno cargando con la suegra -en sentido figurado, así como literal- cruzando terreno pantanoso en los alrededores de Bogotá

Por todo eso no es de extrañar que cediera sus funciones a su persona de confianza por excelencia, su madre, que pasó a ser la encargada de darme de comer y sacarme a pasear -una media de diez veces al día: al lado de mi abuelita ella parece un perezoso-, mientras se encontraba ultimando cosas en otra parte de la ciudad o gestionando el mundo desde su pequeña caja plateada en la que transcribe lo que le dicto.

Para rematarlo, el día que llegamos a mi nuevo hogar me encuentro con que, saltándose todos nuestros rituales de habituación, mi mamá desaparece durante todo el día con un señor con quien recogió, por fin, los muebles y libros que tenía esparcidos por todo Bogotá. Además, nuestra nueva compañera de piso no permite a los perros el acceso a los cuartos, por lo que, por primera vez en la vida, no puedo echarme a los pies de su cama (o, siendo estrictamente fieles a la realidad, su colchón)….

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… De nada sirve que ponga mi mejor cara de “pobre de mí”, ni que intente colarme en numerosas ocasiones imitando a otro genio del ocultamiento que cuenta con mi más profunda admiración -pese a pertenecer al género felino-: la pantera rosa.

Ante semejante cúmulo de circunstancias no les extrañará lo que sucedió a continuación…

¿Se imaginan?

Pueden hacer sus apuestas…

En esos días comienzo a orinarme en todas partes y, lo más increíble de todo: lo hago sin darme cuenta.

Yo sé que muchos de uds. pensarán que eso suena a excusa barata, pero es la puritica verdad: me echo en el piso y debajo de mí aparece un charco. Me levanto, agito la cola, y gotitas de orina alcanzan todos los rincones de la casa… Cuando me vuelvo a echar sucede, otra vez, lo mismo…

Y así hasta el infinito, para que entiendan bien la situación.

Como saben, ya tuve en el pasado algún episodio aislado de incontinencia, pero estos nunca habían sido tan frecuentes ni tan duraderos.

Ante la perspectiva de un viaje como mochileras por Colombia durante las próximas semanas, la cuestión es, como se imaginarán, algo preocupante… La mejor baza de mi mamá para que me dejen subir en buseta y alojarme en los hoteles -que es que nadie va a darse cuenta de mi paso por allá-, nos abandona de la noche a la mañana.

Tras pasar nuestro último fin de semana en Bogotá como una niña contemplada por toda mi familia unida viendo el alumbrado navideño, aprovechamos nuestras últimas horas en la ciudad para recavar consejo médico. En concreto, a 4 horas de la salida de nuestro vuelo a Neiva, nos entrevistamos durante 3 de ellas con un etólogo -para quien no lo sepa, como nosotras hasta hace apenas dos días, un experto en comportamiento animal- con objeto de que nos ayude a dirimir las causas y a diseñar estrategias para afrontar este nuevo problema.

Al llegar a nuestro hogar, el experto -que venía con la idea de explicar a los dueños de un perro normal cómo conseguir que se quede tranquilo en casa-, abre unos ojos cada vez más grandes…

Escucha lo que ocurrió aquella noche hace ya casi dos años en una gasolinera de los Llanos orientales colombianos, anotando mi larga lista de traumatismos y traumas; a continuación escucha cómo mi mamá me incitó a exponerme al mundo -en contra de los consejos de cuatro veterinarios- a partir del convencimiento de que si en youtube salían perros corriendo sin una de las patas, yo tenía que poder volver a caminar. Escuchó, visiblemente emocionado, todo lo que hemos logrado juntas en este tiempo; me tomó fotos; nos grabó vídeos igual que Dian Fossey con los gorilas en la niebla; para finalmente felicitar a mi mamá por su “excelente trabajo” -que ninguno de sus estudiantes se ofenda, pero aplicó una estrategia educativa basada en la exigencia, el cariño, la autonomía y demostrar los beneficios que tiene hacer lo que ella pide, inspirada en quince años de experiencia con ellos-; y concluir que lo realmente sorprendente es que “sólo” tenga esa particularidad conductual.

Es posible que tras el fuerte golpe que me fracturó las patas en varias partes, algún órgano de mi sistema urinario haya quedado algo dañado. Y es posible que, el extraordinario autocontrol que tengo habitualmente, se vea afectado cuando vivo alguna circunstancia algo estresante para mí.

Ante la perspectiva del viaje se plantea, entonces, la siguiente cuestión: ¿es viajar en avión, chiva, jeep o moto, dormir cada noche en un suelo distinto, así como pasar del frío al calor intenso -o viceversa- una circunstancia estresante para mí?

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… Pues el caso es que en estos momentos me encuentro bajo la cama de mi abuelita en Villavieja, departamento del Huila, junto al desierto de la Tatacoa -con la lengua por el piso esperando a que el termómetro baje de 45° C tras correr desde la madrugada entre formaciones rocosas y cactus de varios metros de altura-, y no volvimos a tener ningún episodio…

¿Saben desde cuándo?

Desde el momento en que volví a ver el morral y la sonrisa de mi mamá -algo empañada debido al estrés de las últimas semanas-, de nuevo, rumbo a la aventura…

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10 comentarios sobre “La “Miona”

  1. Lo que pasa es que te hacia falta agarrar nuevos rumbos…literal eres una pata e perro…figurativo y literal. Jajajaja (Por si no sabes así le decimos en Colombia a los que no puede estar en un solo sitio sino que estan mirando para donde coger nuevamente). 😉
    En cambio Dino mi perrito, es gasolinero y bueno, pata e perro un poquito…menos que tu. Jejejeje A ese lo que pasa es que le gusta la calle literal.

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    1. ¿Dino es gasolinero? ¿De dónde? ¿¿¿Me cuentas su historia???

      Pata e perro, exactamente, aunque la que más concuerda con eso es mi mamá, que es humana… Unas veces… ¡Otras es divina! 😀

      Me gusta

      1. Jajajajajaja Acá le decimos ‘gasolineros’ a los que les encanta andar en carro…no se distinguen si animlaes personas…pero quien le encante que lo lleven en carro…o a una mujer que la conquistan porque tienen carro, le decimos gasolineros jejejeje

        La historia de Dino, es bien particular porque la idea era que el le hiciera compañia a mi anterior perrito Simon, pero Simon murió antes de conocer a Dino. Entonces, Dino es la compañia intrañable de mi mamá y mi abuelito. Así fue: mi tia tenía una perrita que se llamaba Mechas, y mi tia la cuidaba para que no se la cogiera un perro…pero la cuidaba en serio..no le quitaba un ojo de encima, hasta que un día ella muy ‘orionda’ tuvo amoríos con el schnauzer de la casa de enfrente. jejejjejee Esa Mechas….tremenda.
        El caso es que mi tía muy resignada, empezó a pensar a quien darle los perritos y que quedaran en buenas manos. Para ese entonces, yo me iba a vivir a Buenos Aires, Argentina y pensamos con mi mamá, que sería lindo darle una compañia a Simon para cuando mi mamá se fuera a trabajar y yo ya no estuviera.
        Pero un día que mi abuela nos invito almorzar -Dino tendría 2 días de nacido-, me fui con Simon se me soltó de la mano (a diferencia de ti, él era un loco. Apenas abríamos la puerta salía como ‘pedo e loca’ jejeje). Yo lo llevaba con correa y todo, pero le dió un arranque y yo nada más rogaba para que lograba llegar al otro lado de la calle. Un carro pasó muy rápido y murió. El dolor fue terrible. Simon era la alegría de mi casa. Mi tia al ver mi tristeza me llevo a ver a los perritos unos días despúes. Ahí conocí y escogí a Dino. Mi mamá le puso el nombre por la mascota de los Picapiedra.
        Dino era una bolita de pelos hermosa y negrita negrita. Me llamo mucho la atención. todavía es un gordo precioso…como le digo yo 😉 Es divino y todo un protagonista en la casa. Es pequeño y peludo…y no me gusta cuando mi mamá lo manda a peluquiar y me lo dejan motilado. Le digo, mami: lo dejaron como lagartija con patas jajajajaja Así que ya mi mamá indica que no le bajen mucho el pelo.
        como me fui para Argentina, pues el se convirtió en la compañia de mi mamá…un perrito faldero total, pero juguetón. jeje 😛
        digo que de mi abuelo también, porque resulta que mis abuelos se volvieron su guardería en el día ya que mi mamá lo dejaba allá mientras trabajaba y se volvió intimo del abue. Eso no permite nada con el abuelo. Un día el abuelo se enfermo y aún cuando le encata ir a la finca…pues él es el primero en montarse al carro -gasolinero- al ver que el abuelo no se subió, pues antes de que cerrarán la puerta se bajo y se puso en las piernas del abuelo. No se le despegó para nada. Como ves, Dino se volvió el perrito de todos en la familia jajajajaja

        Bueno, te dejo…apapacho ^_^

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      2. Pues entonces toca presentarle Dino a mi papá… Él sí es un verdadero gasolinero… Desde que tiene carro no se baja de él ni a patadas, mi mamá y yo estamos desesperadas… 😀

        Bonita historia ¡Gracias por compartirla tortuguita!

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