Viaja con tu bíped@

Larvas de cucarrón

-¡Es Linda! ¡Linda Guacharaca!, ¡mira! ¡¡¡Esa perra es famosa!!!- con estas palabras me recibieron al asomar mi telescópica por la puerta del único alojamiento turístico en San Martín de Amacayacu.

Mi mamá no daba crédito a sus oídos.

Los dos gringos que se encontraban recién bañados, desayunando a la mesa en ese momento, tampoco.

Y yo, aunque me voy acostumbrando a ser una celebrity, la verdad también quedé muy sorprendida de que me reconocieran en la recóndita comunidad indígena Tikuna donde fuimos a dar con nuestros huesos tras un par de horas en lancha por uno de los múltiples y recónditos brazos del Amazonas: un conjunto de casitas de madera presididas por una iglesia, un campo de fútbol, dos tiendas surtidas con latas de cerveza y un embarcadero rodeado de espeso barro, donde nos hundimos hasta las rodillas a nuestra llegada, y sobre cuyas tablas se congrega el pueblo para salir a pescar, bañarse, saltar al río desde los árboles, y lavar la ropa en las aguas de tonalidad entre verde y café.

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A nuestra llegada sus habitantes se encontraban era recuperándose de los excesos de aguardiente de la celebración del día del nacimiento de mi mamá y de Jesucristo nuestro señor.

No había señal de celular, ni menos aún internet.

¿Cómo es posible, te preguntarás, con los ojos como platos, a punto de caerte de tu silla estupefact@? Al parecer unos turistas ingleses nos vieron en Leticia y corrieron el rumor de nuestra presencia en la región.

Pero las sorpresas no acabaron ahí: acto seguido irrumpieron otras dos turistas, Alia, de papá palestino, igual que mi mamá, y Serap, de origen turco, ambas de nacionalidad alemana. Como mi mamá vivió en su país algunos años, enseguida comenzó a hablar como una lora y, al poco rato, conformábamos una nueva familia, esta vez de intrépidas aventureras.

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Como por su cabeza nunca pasa la idea de hacer grandes planes –por lo que queda automáticamente descartado hacer una reserva-, y dado que el hotel estaba lleno, acabamos instaladas como dos princesas por un tercio del precio, en un lugar mucho más auténtico, con una ventana hacia las estrellas a la altura de las copas de las palmeras, en la casa de una familia del pueblo; previo desalojo del hijo mayor, quien no pudo volver a poner un pie en su cuarto sin enfrentarse a mis gruñidos durante los días que estuvimos allí.

Si quería sus guayos para jugar fútbol haberlos sacado antes…

Los siguientes días transcurrieron entre risas y confidencias, largas charlas con los anfitriones aprendiendo sobre las costumbres tikuna y degustación de los manjares de los pueblos indígenas del Amazonas… Si mi mamá hubiera sido vegetariana desde antes hubiera tenido la mejor de las excusas para ahorrarse las “deliciosas” larvas de cucarrón.

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Como le daba miedo que me pudiera morder una serpiente o una viuda negra, inicialmente tuvo las negras intenciones de dejarme “a salvo” en terreno seguro.

-Princesa, sumercé me espera acá-, me decía en tono entre cariñoso y severo a la vista de lo que expresaba todo mi lenguaje perruno corporal…. Y es que, al verla salir con su morral de las excursiones, su pañuelo rojo en torno a la cabeza y las botas pantaneras, mi cara de “pobre de mí” hacía encoger el corazón de los presentes. E incluso el suyo un poquito. Por lo demás, cada vez que iba a buscar el repelente, el agua, el bloqueador -o cualquier otra cosa que hubiera olvidado-, me encontraba echada un par de metros más cerca del camino. Incluso intenté subirme a la lancha de tapadillo… tres veces.

Las mismas tres veces que tuvo que devolverme a la casa donde, de manera excepcional, y ante la perspectiva de que pudiera lanzarme a nado tras ella, me dejó en el cuarto vigilando sus cosas, en lugar de a la puerta de la cabaña, como es lo habitual, esperando, como una esfinge, hasta su regreso.

Sin embargo, y a la vista de que la selva realmente espesa y virgen comenzaba a varias jornadas a pie de nuestra ubicación, en los siguientes paseos sí pude acompañarlas.

Hicimos largas excursiones por tierra y agua en los que mi cometido principal, además de correr como si no hubiera un mañana y seguir el rastro de animales desconocidos, consistió en alejar cualquier amenaza –en forma de micos columpiándose sobre su cabeza, monos aulladores u oropéndolas con sus exóticos trinos- de sus inmediaciones. Con mis ladridos el bosque quedaba de nuevo sumido en un silencio sepulcral, solamente alterado por el zumbar de insectos y el croar de las ranas. De ese modo ahorré al guía tediosas explicaciones sobre fauna local, y a las amigas de mi mamá el estar pendientes de las cámaras tomando fotos en las que apenas se distingue una mancha oscura y borrosa en el horizonte.

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Igualmente, y pese a las constantes advertencias en sentido contrario, tampoco permití a un grupo de delfines grises y rosados que nos rodeaba, cuyos lomos y cabezas brillaban frente a nuestros hocicos, aproximarse.

Si querían respirar en paz, haberse ido a miles de kilómetros de distancia.

Incluso acabé en el agua de nuevo, repeliendo uno de estos ataques, precisamente el día que estrenaba el nuevo collar con mi nombre que me tejió una de las chicas Tikuna, y que nunca volvió a tener los colores originales…

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Con la artista

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-¡Abajo!- me indicó mi mamá cuando me vio con las patas sobre el borde de la embarcación mostrando mis terroríficos colmillos a un cocodrilo dispuesto a abalanzarse sobre nosotras, con objeto de disuadirlo.

-¡Abajo Linda, que es un tronco!- insistió, viendo que mi posición era algo inestable. Mi mamá puede llegar a ser muy naif.

Entonces se giró para desamarrar el bote y echar el último vistazo a la playa repleta de mariposas amarillas, sus favoritas, en la que habíamos atracado poco antes. Llevándolo de la correa, saltó a su interior a la vez que lo empujaba con una de sus botas de agua lejos de la orilla. Cuando levantó la vista sólo vio gruesas gotas espumosas que salpicaban por detrás de la embarcación donde me descubrió nadando, con cara de circunstancias, intentando recuperar mi posición a bordo, que había perdido en el momento de poner en marcha el motor.

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Ya casi nos estamos regresando, solo queda el capítulo final; pero antes mira el video de mi aventura aquí.

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5 comentarios sobre “Larvas de cucarrón

  1. Que maravillosas experiencias. Eres una privilegiada. Esa última foto en la que están rodeadas de mariposas volando, sencillamente ¡espectacular! Un gran beso, ah y dale un abrazo a tu mami.

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    1. Querida Lina,

      tienes muchas razón, a veces pienso que si jugara Baloto me lo ganaba seguro, lo que pasa es que nunca cargo efectivo en mis alforjas 😉

      Cuando veas mi próximo video creo que te vas a caer de la silla. Salen las mariposas… ¡en movimiento! 😀

      Un lametón de mi parte y otro de parte de mi mamá 😛 😛

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  2. jajajajaja, lo que me reí con que desalojaron al hijo mayor para quedarse en casa de esa famlia 😀 😀 😀 qué gran aventura, impresionante viaje!!!!! besitos para Linda y mamá de Linda

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