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San Andrés: la pesadilla que hizo palidecer Elm Street

El sueño de mi mamá de conocer San Andrés y Providencia se hizo, por fin, realidad.

Para mí comienza un nuevo paseo correteando tras los cangrejos, protegiendo sus cosas bajo un cocotero mientras se baña, y descansando a la sombra, donde quiera que sea nuestro hogar en esta ocasión, gran parte del día.

A nuestra llegada a San Andrés me encuentro bajo un intenso cielo azul y la característica luz del Caribe… Sola.

Rastreando, regreso sobre mis pasos, y doy con mi mamá en un cuarto sin ventanas acompañada por dos grandes uniformados que no la dejan salir. Su delito: no rellenar la casilla correspondiente al hotel donde nos vamos a hospedar.

Para nadie en un misterio a estas alturas que la extendida práctica de reservar habitación es algo completamente ajeno a ella. Como avezada viajera sabe, además, que, allá donde te pidan ese dato –sea Cuba, Vietnam o San Andrés- conviene poner cualquier cosa para evitar, precisamente, estas situaciones, pero hoy se le olvidó.

En pie frente a un escritorio desbordado de papeles, del que sobresale la cara inexpresiva del funcionario, saca la guía y nombra el primer hotel que aparece.

-Bueno, entonces me quedo en Cocoplum-.

-Ese está lejos, señora- objeta el otro.

-No importa, tengo toda la tarde para encontrarlo- responde con una sonrisa que pretende sutilmente señalar que no es él quien tiene que decidir dónde nos hospedamos.

La negra cabeza tras el escritorio levanta el auricular, llama, y le dicen que no hay sitio.

O eso parece. La conversación, más que en creole o broken english, que es lo que habla por aquí, se desarrolla, al menos en la parte audible para nosotras, con parcos monosílabos más parecidos a los que empleo para comunicarme con mis congéneres, que a los que nos tienen habituadas nuestros cantarines y rimbombantes amigos de otros rincones de Colombia.

Tan raro, y ni siquiera empezó siquiera la Semana Santa.

Ambos la miran con cierto desdén.

Mi mamá elige otro al azar y se reproduce la misma escena.

Comienza a impacientarse. Debería aprender de mí, que me paso el día haciendo cosas a todas luces absurdas, como esperarla a la puerta del supermercado cuando podría ir tras ella, como siempre.

Con el tercero sigue la misma suerte: lleno.

La tensión se corta con cuchillo dado que parece que, sin hotel, nunca pondremos nuestras patas en su soñado destino.

Mi mamá empieza a sospechar que alguno de los familiares de los funcionarios debe tener un lugar que anotar en la famosa casilla, que se dibujará como única opción cuando se agote el resto de posibilidades.

Elige uno de los más costosos de la lista y dice que no quiere molestarlos más y que llamará ella desde su flamante celular nuevo, el tercero en lo que va de año.

Les queda un cuarto. 200.000 pesos la noche.

Rellena el formulario: Hotel Portobelo.

Por fin, el intenso cielo azul y la característica luz del Caribe… Con mi mamá.

El taxista le pide un precio que se corresponde con lo que había sondeado antes de salir, por lo que subimos al vehículo en dirección al puerto.

Rodados unos metros el señor le dice que el viaje cuesta 15.000.

-Pero si acaba de decirme 12.000-.

-Si, pero por el perrito-.

-Ah ya… Bueno, pues déjeme aquí-.

-No, pero… ¿Por qué?-.

-¿No vio el perrito antes de subir? ¿Dónde pone el precio de perrito? ¿Está estipulado en alguna parte?-.

-No, pero así le cobro 15.000-.

-Por eso, déjeme aquí, no quiero que me lleve alguien que se aprovecha de los turistas con perrito, muchas gracias-.

Pocos minutos más tarde otro amable taxista nos deja frente a la oficina de catamaranes que, como sabemos después de la charla, es la única manera de llegar a Providencia, nuestro destino final, por mar.

Solo sale una embarcación por la mañana.

No hay cupo hasta dentro de cuatro días.

Y, como sospechaba mi mamá al encontrarse una lujosa oficina con varias empleadas en diferentes puestos de atención:

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Casi una hora más tarde la abandonamos con cerca de 200.000 pesos menos, y un tiquete para las ocho de la mañana del día siguiente en el bolsillo.

Son las dos de la tarde y nos disponemos, bajo el sol implacable, a buscar un alojamiento en una sencilla posada nativa, mucho más auténtica que el hotel Portobelo, donde seguramente no admitan perros, para luego saltar –ella- al mar;  y darnos un opíparo homenaje culinario: una de las razones por las que adoro viajar es porque compartimos su comida, cosa que nunca ocurre en casa.

En el primer lugar que preguntamos está lleno.

El segundo también.

El tercero igualmente.

Una señora nos arrienda un cuarto inmundo, de los que cuestan 10.000 en el resto de Colombia, por 200.000 pesos… Claramente se trata de la cifra estrella en San Andrés.

Un isleño que nos ve pasar por segunda vez, a mi mamá cargada con su mochila y su sonrisa, sudando bajo su ropa larga bogotana, y a mí trotando con la respiración agitada y la lengua por el piso, nos llama. Conoce a alguien que tiene una posada.

Siguiendo sus indicaciones -que nos llevan a recorrer el paseo marítimo junto al mar de los siete colores, igualito al de las fotos, e infinidad de restaurantes-, llegamos.

Unas personas bastante hoscas nos saludan a duras penas, me miran como si fuera un moco pegado en la nariz de su interlocutor cuando paso frente a ellas buscando la sombra, y nos advierten que no hay cuarto.

-Pero si mi amigo Jerry acaba de hablar con Patricia en este instante para reservarlo-, se sorprende mi mamá.

-Si, pero no hay. Vaya donde Bonnie, más adelante-.

Bonnie no está. En su lugar hay una escuálida señora con los ojos descoloridos de tanto sol, y cabello color marfil y crespo, recogido en trenzas, en una silla de ruedas. Una turista nos indica que el catre a nuestra derecha, en un espacio sin ventana, cuesta 50.000 pesos y, al parecer, está libre.

Mi mamá siente un alivio mayúsculo, se deshace, por fin, de la mochila, y se sienta a continuación en una silla de plástico a la entrada a esperar a la dueña.

Yo me tumbo a los pies de la anciana que extiende una mano para tocarme la cabeza, y que parece ser la única persona de la isla, junto con Jerry, a la que causa cierta simpatía mi presencia.

A diferencia de su madre, Bonnie es una negra obesa que, de manera ciertamente abrupta, nos informa de que si quisiera perros ella misma tendría uno.

Mi mamá le aclara que no hace falta que entre, que puedo dormir en el espacio que separa la casa de la calle, donde me encuentro en este momento.

Bonnie dice que no puedo dormir allí por la abuela.

Parece que ella también pretende dejar a su madre durmiendo fuera.

Mi mamá se echa a los hombros, de nuevo, su maleta y, con la frustración y las lágrimas quemándole la garganta, se despide encaminando sus pasos de regreso a la playa, conmigo jadeando varios metros por detrás.

Allá un chico que parece llevar todos los tejemanejes turísticos de la zona nos envía a El Viajero, un hostal al final de la misma calle que Bonnie, donde hay sitio seguro, pero donde duda que nos reciban.

Nos encaminamos en esa dirección preguntando en cuanto lugar vemos en el camino: posadas y hoteles, ya que nunca se sabe dónde aparecerá un propietario amante de los animales.

Cada garaje que vemos mi mamá me pregunta:

-Linda, ¿te dejo acá?-.

Yo ignoro el comentario mientras arrastro mi lengua, con toda la dignidad que puedo, por el asfalto hirviendo. Ya sé que lo dice por ponerle humor a la cosa… Lo mismo que cuando mi papá adoptivo menciona mis pérdidas de orina en su carro, a lo que ella pregunta si quiere que busquemos una gasolinera; pero por si acaso.

Ni siquiera ofreciendo que duerma fuera nos aceptan en ninguna parte. Un señor dice que, si tuviera sitio, podríamos quedarnos, en cuyo caso pagaría igual que una persona. Yo estoy encantada, ya que eso supondría subirme a la cama como tal, pero mi mamá lo mira con tal cara que ni le pongo la cola en pompa para convencerle de que nos haga un huequito. En El Viajero no solo afirman, ante mi visión, estar completos, sino que, a la pregunta de si puede coger agua en el baño para mí, que llevo caminando horas bajo el sol tropical y teme que me dé un soponcio, le ponen mala cara. Ni siquiera tenemos la posibilidad de dejarme en una posada, aunque esté llena, durmiendo en el jardín, mientras ella pernocta en un hotel cercano.

Será que todo el mundo leyó que me oriné en la cama del Hotel Hacienda Betania hace unas semanas?

Sea lo que sea el caso es que, a ojos de la población local, mi mamá viaja acompañada por la reencarnación del demonio…

Con la caída del sol, tras pedir alojamiento en quince lugares, y recorrer la ciudad durante cuatro horas, conseguimos que un taxi nos lleve a San Luis, una población a pocos kilómetros donde, al menos, no habrá policía que nos saque de la playa si tuviéramos que dormir allí.

El conductor nos deja en un enorme terreno verde frente al mar que da acceso a una enorme casa de madera de dos pisos. Taga, el dueño, no está, pero María, una argentina de sesenta y cuatro años que tiene el mismo aspecto que yo cuando salí de la gasolinera, y funge de encargada a cambio de techo y comida, nos informa de los precios: 80.000 y 100.000 pesos por dos cuartos cochambrosos. A continuación nos da su teléfono para que le convenzamos de que nos deje quedarnos, lo que mi mamá consigue jurándole que me porto mejor que ella. Asimismo la encomia a negociar el precio para una sola persona.

-Eso depende de cómo te veas-.

Ante tamaña declaración de principios mi mamá interroga a María antes de salir corriendo.

Nuestro anfitrión, que tiene ocho hijos de cinco mujeres diferentes, hace acto de presencia en una camioneta con una imagen de Jesús crucificado y la Virgen María que ocupa todo el vidrio trasero, pesa ciento cincuenta kilos, viste camiseta amarilla de tirantes y pantaloneta verde -ambas fosforescentes- que resaltan con lo oscuro de su piel, y tiene más collares que yo.

En el momento en que, como dos vírgenes adolescentes en presencia del sumo sacerdote en el antiguo Egipto, nos aproximamos a su trono para saludarlo, descubro por el rabillo del ojo un objeto caminador no identificado (OCNI) cargado de rastrillos y palas dirigiéndose hacia nosotras.

Evidentemente corro hacia él ladrando con todas mis fuerzas.

María se pone tiesa y abre unos ojos enormes, de pánico, a la vez que exclama, excusándose –¡te prometo que antes no fue así!-. Mi mamá me hace callar con toda la contundencia posible sin elevar la voz para no atraer más atención hacia la escena que se desarrolla en sus dominios. Y el presunto atacante acaba saltando una valla y no vuelve a pasar sin tener algún tipo de separación física entre nosotros en el resto de la noche.

Nos sentamos, bajo el cielo estrellado y con el arrullo del mar de fondo, a los pies del Boss y, mientras me consiente sujetándome suavemente para evitar otra demostración de defensa personal, anula toda posibilidad de arrepentimiento por su parte con una charla, constantemente interrumpida por las llamadas telefónicas que contesta, y las conversaciones que inicia paralelamente en broken english con el séquito de hijos, hermanos y empleados que lo rodean.

La falta de fluidez inicial que observa con todos sus interlocutores desde que pisamos la isla da paso a una cierta simpatía, que lleva al jefe supremo a enviarnos con su hijo pequeño a comprar sopa en casa de una vecina que cocina para él, de manera que podamos cenar.

Continuará…

pesadilla Elm Street

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21 comentarios sobre “San Andrés: la pesadilla que hizo palidecer Elm Street

  1. Jajajajaja noooo como nos dejas en suspenso. Estaré aquí pegada para saber que paso. Ustedes han sido un bálsamo en mis días. Me encanta leerlas. Un abrazo

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    1. Ta taaaaaaaaaaan comienza la semana con las siguientes aventuras 😀

      Muchas gracias por tus palabras Andrea, eres un amor. A nosotras nos encanta que estés ahí :).

      Un abrazo de mi mamá y un tremendo lametón de mi parte en la nariz.

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  2. ¡Que embarrada que el viaje haya iniciado con tanto tropiezo! Más con la ilusión que uno tiene cuando va a conocer un lugar del que muchas personas le han hablado a uno. Me imagino la frustración de tu mami.
    Sé que tu mami es una viajera de improvisación total, pero me gustaría darle un consejo de viajera a viajera. A esos lugares tan populares en fechas tan concurridas si es mejor irse con el lugar donde meter la cabeza seguro. Por lo menos eso es lo que yo hago…es lo único que llevo seguro.
    Uno vez pase esa experiencia de pesadilla la primera noche que llegue a Barcelona, solo que con un viento frío rondando en el aire. Lloré mucho esa noche y a las 4:30 a.m. tuve un rescate milagroso. jejeje
    Una pregunta, ese OCNI era un animalito con ruedas…lo leo y lo leo y sigue siendo un total OCNI jajajaja no le encuentro la pista de qué será.
    Quedo pendiente de las chocoaventuras sanadresanas.

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    1. Hola Tortuguita.

      El OCNI es, técnicamente hablando, un señor que se dirigía a pie hacia nosotras y al que no conocía de antes: Objeto caminador no identificado 😛

      Y si, veo que tu también tuviste experiencias de esas en las que el mundo se complica mucho y luego se produce un milagro que lo hace parecer todavía más bello…

      ¡Abrazos y lametones!

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  3. He leído muchas de tus aventuras..pero esta no la había leído.. Que tristeza por todo lo que pasaron ..que grosería de gente…algunos humanoides son malvados..dañados..en fin..recuerdo a mi personaje amado mahatma gandhi..su frase celebre ” la grandeza de una nación no se mide porsu riqueza sino por el trato que se le da a los animales.De mal en peor San Andrés..quizas por algo sera que va ganando el litigio Nicaragua. Un abrazo de lore!

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