Viaja con tu bíped@

Can a bordo

Las paredes están sucias, los muebles rotos, el baño no se limpió –al menos- desde el último huésped, la cama es incómoda y a mi mamá le da reparo incluso echarse sobre las sábanas: hubiera preferido mil veces dormir conmigo bajo las estrellas.

La sensación de asco –pese a haber extendido sus propias prendas, a modo de aislante, sobre la cama-, unida al ventilador, que evoca el sonido que un avión de la Segunda Guerra Mundial, hace que se despierte, cada pocos minutos, por lo que decide apagar la turbina y dormir con la puerta abierta dado que, conmigo cerca, nadie puede entrar… Salvo la brisa fresca, los zancudos, y un haz de luz proveniente de la cocina, que le da directamente en la cara.

Armada con el palo de una escoba manipula los interruptores en el techo sin que ninguno reaccione, por lo que, resignada, se dispone a esperar la llegada del alba con un sueño liviano del que la arranco ladrando desaforadamente bajo su cama -y saltando por encima del morral que puso en la puerta para impedirme el paso- cada vez que una sombra cruza ante mi campo visual, a metros distancia.

Antes de las cinco de la mañana da por concluida la tortuosa noche y se incorpora dispuesta a llamar al taxista que nos trajo, quien le pidió más del doble del ya de por sí inflado precio por venir a recogernos. Su idea era comunicarle –preferiblemente cuando ya se hubiera bañado y estuviera listo para salir- que encontramos otra alternativa por un precio más razonable para llegar al puerto.

Yo y mi papá adoptivo no somos las únicas víctimas de sus correctivos.

El número no quedó registrado y, ante la imposibilidad de impedir que nuestro lobo de mar de barba blanca, pipa, gorra y ojos celestes, se ponga en marcha, decide esperarlo: antes de dar lecciones sobre el trato óptimo con turistas deberá aprender a manejar su nuevo celular.

A la vista de las dificultades, mi mamá ve como única alternativa dirigirnos a un lugar menos turístico y más natural, aunque ello suponga no conocer San Andrés.

Consigue embarcarme rumbo a Providencia haciéndome pasar por perro lazarillo.

Mis credenciales son la educación cuasi-castrense a la que me sometió desde el primer día, incluso siendo tachada por algunas personas de exagerada e inflexible; así como  el chaleco salvavidas que me envió una de mis fans desde Cali como regalo de Navidad, con el que me veo como una perra rescatista tan imponente –con mi pecho hiperdesarrollado a base de subir montañas con tracción en mi tren delantero-, como Pamela Anderson.

Sus pupilas de dilatan de espanto cuando, ante mi reacción de ponerme a su lado y mostrar unos colmillos tremebundos al labrador antidrogas que se aproxima a oler su equipaje, su cuidador se dirige hacia ella, con ganas de conversación:

-Ud. debe ser la dueña del perro guía del que me hablaron- afirma, ligeramente sorprendido por mi raza.

Al rato parecen viejos colegas hablando de métodos de entrenamiento, mientras mi mamá da gracias al cielo sanandresano por el hecho de tener dos países de referencia. Dado que mi formación tuvo lugar por medio mundo, no resulta posible establecer nexos personales ni de escuelas comunes, a la vez que ello explica la falta de ortodoxia de sus instrucciones, con gestos inventados por ella y mezclando hasta tres idiomas diferentes.

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Abordamos ante los atónitos ojos de los tripulantes y el resto de pasajeros que, igual que nosotros, han leído las estrictas condiciones de transporte.

Como siempre, me echo a sus pies pacientemente dispuesta a pasar así las horas que sean necesarias… Hasta que la embarcación comienza a vibrar hasta en el último de sus rincones reproduciendo el sonido del ventilador de nuestro cuarto elevado a la enésima potencia.

Con las patas temblorosas, especialmente las traseras, comienzo a girar sobre mí misma buscando una postura cómoda pero, en cuanto mi cuerpo toca el piso, me incorporo como si hubiera sufrido una descarga eléctrica. Además jadeo ostensiblemente, boto mucho pelo debido al estrés, y mi mamá teme que, con tanto movimiento -sobre todo cuando el barco coge velocidad, y nuestros vecinos empiezan a pedir bolsas de plástico-, me acabe mareando.

Ante las cámaras de vídeo que graban, por nuestra seguridad, cada uno de nuestros movimientos, me sube, con cierto esfuerzo, ya que peso veinte kilos, a su regazo. Se trata, ciertamente, de una escena desacostumbrada para tratarse de un perro guía, pero más chocante resultaría que acabara vomitando y nos arrojaran a las dos por la borda.

De cuando en cuando salto de mi atalaya e inspecciono, con paso inseguro y oscilante, las inmediaciones para, segundos después, retornar al lugar en el que, después de todo, viajo más confortable. Con tanto movimiento sobre su delicada piel al descubierto, parece que mi mamá hubiera intentado domar un tigre de Bengala, en lugar de un taxista, esta mañana.

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En una de esas operaciones descubre sus piernas mojadas. Por el rabillo del ojo constata que la parte del asiento donde tenía mi cola, sufrió la misma suerte. Ya les dije que podía aguantar más de dieciséis horas sin ir al baño demostrado científicamente ante notario, solo que a veces me da la incontinencia y se me sale el pis sin darme cuenta.

Ante las cámaras de vídeo que graban, por nuestra seguridad, cada uno de nuestros movimientos, abre la bolsa de agua que le entregaron al abordar, y se la riega accidentalmente sobre la camiseta y el banco con un doble objetivo: demostrar, cuando nos pongan la película como justificación para vedarnos el acceso, que las manchas tienen su origen en su torpeza; y limpiar el asiento.

Cuatro horas más tarde, cuando está pensando en arrojarse motu propio por la borda, atisbamos la isla. Ahora sí, nuestro destino se encuentra al alcance de las patas…

Cuando el bamboleo disminuye mi mamá, aliviada de que, una vez más, haya soportado estoicamente otra de las terribles pruebas a las que me somete, me deja libre para colocarme frente a la puerta moviendo la cola observando fijamente al tripulante encargado de liberarnos.

Desembarco la primera sobre un muelle desierto, rodeado de palmeras y un mar azul.

Varios funcionarios de policía me miran distraídamente mientras aguardan para inspeccionar el equipaje de todo el pasaje, que espera para inscribirse y poder ingresar. Alguien abandona momentáneamente su puesto en la fila y se dirige a saludar a mi mamá, que desembarcó la segunda, detrás de mí. Precisamente en el rincón más alejado de mi país donde nos sorprende Héctor Ocampo, autor del blog más leído sobre Colombia, a quien conocí en el reciente encuentro de blogueros oficiales de Colombia en Medellín, y que nos reconoce de inmediato.

Entonces, tras presentarme a los canes que me salen al encuentro, sobre el asfalto caliente y delante de todos, dejo el primero de mis recuerdos en la isla.

Dog shit there– dice la funcionaria a su colega, arrugando la nariz.

Ni popó, ni popis, ni “hizo sus cositas”… Esta gente sí habla claro. Casi como en el país que me dio el pasaporte.

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A continuación intento regresar a la fila, pero uno de los policías me pone la bota y el fusil delante, encomiándome a marchar en la otra dirección, pensando que soy autóctona.

Mi mamá, por primera vez en la vida, hace que no me conoce, segura de que la esperaré fuera, bajo alguna sombra.

Y así es como me convertí en la primera perra en llegar a Providencia, igual que Amstrong fue el primer humano que llegó a la luna.

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Continuará

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8 comentarios sobre “Can a bordo

  1. Me encantó tu relato en providencia, sobre todo la foto tuya viendo el atardecer. Como pa’ comerte a picos. Espero que las políticas de los hoteles en cuanto a prohibición de las mal llamadas mascotas, cambien… Un beso para ti y un fuerte abrazo a tu mamá.

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  2. Cada vez q leo tu blog con cada nueva historia me llena de profunda emocion… y entretenimiemto…me distraigo muchisimo.se. pasa un buen rato con tus historias y muchas sonrrisas imaginando a tu mama afrontando cada situacion contigo… pero esta historia de san andres sin palabras…

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  3. Me tiene emocionada tu aventura, tanto así que me gustaría me contarás un poco, costos y planes en Providencia, eres una perra encantadora, Linda Guacharaca 🙂

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  4. Mira que yo cuando fui a Providencia (hace uuuuuuuuuuuuufff) fuí pero en avioneta. No sabía que uno podía irse en barco o lancha. 4 horas es bastante, antes aguantaste. Entre otras cosas, yo me quedo aterrada con los poderes de convencimiento de tu mamá, convence a cualquiera. Hay que temerle jejeje
    Por otro lado….muchos piropos tuviste que recibir con ese traje naranja, te luce, Pamela Anderson se quedó en pañales 😉

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  5. Linda milagros debes de meter el amstrong en algún lado… Antes o después del morgan o el guacharaca… Porque realmente tu mamita y tu hicieron una hazaña! Todas una heroínas colombo europeas! Que digo… Unas heroinas universales o interplanetarias…

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    1. 😀 😛 😀

      Si, se trata de cóctel explosivo entre una formación en leyes, una paciencia y conocimiento del género humano forjada en múltiples viajes incluso antes de que yo llegara, una voluntad inquebrantable y una sonrisa que suaviza cualquier camino, unidos a mi encanto y sex appeal sin igual, mi educación castrense así como la famosa cara de “pobre de mí”.

      Ya que mencionas lo del Amstrong… Tu crees que acabemos conviertiéndonos en la primera pareja colombo española en pisar la luna si explicamos nuestro caso, con mi chaleco salvavidas puesto, en la NASA?

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