Una historia de amor·Viaja con tu bíped@

Gasolineras y panaderías

-¿Usted va con Linda a Monguí?-.

Así nos saludó el conductor que nos esperó, al vernos correr con la lengua fuera tras él, a la salida del terminal de Sogamoso.

Mi mamá casi se cae de espaldas, menos mal que llevaba su morral para amortiguar.

-Sí, ¡¿cómo supo?!-.

-Con lo fotogénica que es esa perra…-, respondió, guiñándole el ojo.

A medida que el bus, con fuertes rugidos, nos iba subiendo montaña arriba hacia el último pueblo de nuestro peregrinaje boyacense, ella lo tuvo claro: el lugar era tan hermoso que nos quedaríamos algo más que el par de días de rigor previstos para visitar el páramo de Ocetá.

Pudimos, por fin, relajar todos los músculos cuando nos instalamos en nuestro siguiente hogar postcarpa. Yo dormí toda la tarde; el mismo tiempo que mi mamá se demoró en sacarse casi todos los granitos de arena blanca de su anatomía.

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La acampada es mucho más emocionante…

Ya en la noche salimos olfatear el nuevo territorio.

Y allí la vimos, frente a la panadería, la perra más horrorosa que había visto mi mamá desde que me conoció a mí.

Olvidándose del proyecto de buscar nuestra cena, compró cuatro mil pesos de pan que nuestra nueva sombra engulló en cuestión de segundos -con la ayuda de otros compañeros que esperaban turno para recibir un pedacito minúsculo en comparación con los que le daba a la figura encorvada a su lado, de la que no podía apartar sus ojos, en una mezcla entre horror y fascinación, sintiendo un cosquilleo en el estómago similar al de aquella noche de febrero de hace tres años en una bomba de los Llanos orientales, camino a Bogotá-.

Negra como la noche y fea como un demonio, la compañera que asomaba la cabeza por un agujero de la puerta del hotel en su desespero por seguir a mi mamá hasta nuestro cálido cuarto, bien podía haber sido extra en El Señor de los Anillos.

Cuando regresó a la puerta para dejarle una coquita con agua ni siquiera pensó en que le había dado todo el pan y que no teníamos nada que echarnos al hocico por aquella noche, en la que ni siquiera contábamos con las loncheras de doña Martha.

Continuará

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6 comentarios sobre “Gasolineras y panaderías

  1. Hace poco leí un tuit de Tierra de animales (un santuario en Cancún): Hay dos tipos de personas, los que ven un perro callejero y lo acarician y le dan de comer y las que al verlo intentan alejarse al máximo o van por otro camino. Que bueno que son de las primeras, un beso hermosa …

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    1. Querida Lina,

      en realidad mi mamá no acarició a Brad, porque no hubo forma humana de que se dejara tocar… Eso sí, yo no sé la cantidad de panes que se comió enteros, hasta mis bocados se tragó ese man.

      Te mando un gran lametón en la nariz.

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  2. los perritos mas rechazados son los negros y los amarillos de tenche como tu linda!! tu mama tiene buen ojo para escoger a quien ayudar!!

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